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OPINIONES Lunes 10 Agosto 2015
RIVER, HISTORIA DE UNA COMPLEJA ARMONÍA

POR: Diego Latorre
¿Cuál es el secreto de este River campeón de América? Probablemente no haya uno. O sí: probablemente son muchísimos secretos que forman uno solo. Un equilibrio que es la suma de incontables factores, factores que son como ladrillos.

Que el equipo no se resienta en su parte esencial por jugadores que se fueron o que bajaron el rendimiento (Pisculichi, el caso más notorio, marcaba tiempo y estilo en la Sudamericana y no pudo volver a hacerlo). Que pase lo que pase, juegue quien juegue y contra quien juegue, los lineamientos siempre estuvieron ahí: el equipo se apoyó en las mismas premisas de juego. En la presión alta, una presión alta a veces hasta fanática y obsesiva, pero una presión que le dio a lo largo de todo el ciclo Gallardo y de esta Copa Libertadores muchas garantías defensivas. Una presión que, sobre todo, fue organizada e inteligente, además de intensa, porque no se trata sólo de salir a presionar sino de saber cuándo hacerlo: un error de un solo jugador que sale mal, puede ser fatal; o puede terminar -como muchas veces ocurrió en esta Copa cuando una cuerda desafinaba- con faltas cuando el equipo se pasaba de revoluciones. En ese sentido, ayudó Ponzio como permanente limpiaparabrisas que favoreció a Kranevitter a barrer mejor y más arriba con los centrales. Es decir, River canjeó un poco de talento y pase gol con Ponzio por Pisculichi, pero siempre empujó hacia adelante. Por eso la táctica a veces es relativa y la premisa siempre es lo más importante: hay miles de maneras de pararte en la cancha, lo significativo es que haya una idea que se sostenga y River lo hizo en los dos semestres. Después, hay matices: no es lo mismo Teo que Alario, Pity Martínez, Bertolo o Viudez no son Rojas y, lo dicho, Ponzio de ninguna manera es Pisculichi.

Que el equipo tenga una identidad no es fácil, y que la sostenga con diferentes intérpretes a lo largo del tiempo, menos, porque eso también implica tener a los suplentes dispuestos. Y ahí aparece otro engranaje de aquel complejísimo equilibrio de este River: los suplentes. Los equipos muchas veces son mejores por los suplentes. Obviamente ayudó en este caso una dinámica positiva que traen los resultados, porque cuando la cosa va bien el que no juega no le puede decir nada a nadie, pero también es clave el entrenador. Gallardo ayudó muchísimo cumpliendo con la gestión íntegra del entrenador, una gestión que es no menos deportiva que psicológica y humana. Supo administrar todo ese material futbolístico y personal, íntimo, hizo que el suplente se sienta parte, que sepa que su misión esencial es la de practicar al ritmo del titular. Y para eso, primero, dio un mensaje muy transparente, premió a los que mejor estaban, sin importar jerarquías ni apellidos. Estableció parámetros de justicia desde un primer momento, ese primer momento en el que si te mostrás dubitativo perdés cierto respeto del futbolista, si no mostrás sabiduría, lealtad. Logró, Gallardo, sentirse respetado de entrada por el plantel, hasta admirado si uno escucha hablar en público a sus jugadores. Y eso es un arte, es conocer bien la personalidad de cada uno de sus futbolistas para que todos se sientan útiles, que no se vean desvalorizados a sí mismos, y probablemente el caso emblemático sea el de Cavenaghi, que no tenía un lugar porque tal vez no estaba para ejercer esa presión descomunal que hacían Teo y Mora en ataque, pero que nunca representó un problema interno. Por eso también fue bueno que este equipo no tuviera estrellas. Y al que más condiciones estelares reunía, que era Teófilo Gutiérrez, Gallardo lo domó como ningún otro entrenador había podido hacer para que la lógica díscola de una figura como él se diluyera en función del equipo.

Y por último, jugó con un entorno favorable. Ganar un título te libera, atrae a otros, construye ciclos: los tuvo Boca, también la Liga de Quito, el Inter de Porto Alegre. Y es cierto que estuvo por quedar afuera en la primera fase, pero todos los campeones tienen una historia para contar: España campeón del mundo, por caso, estuvo a punto de ser eliminado por Paraguay. En ese sentido, tal vez jugar contra Boca haya sido lo mejor que le podía pasar. Jugar contra un Boca que tenía una obligación adicional por el antecedente del año pasado en la Sudamericana. Pasar ese partido fue una bisagra emocional: dejó atrás todas las dudas que pudieron generarse en la primera fase. Que probablemente no hayan sido dudas originalmente internas: hoy, más que nunca, los jugadores se van cargando emocionalmente de lo que leen en la semana, lo que ven por televisión, lo que aparece en las redes sociales. Y los equipos están vivos, les pasan cosas, piensan, se cargan de contenidos que antes quedaban en la mesa de un bar y que ahora se multiplican a través de miles de plataformas. Por eso hubo un antes y un después de Boca: encontró más seguridades en un aspecto mental y emocional. Se sacó de encima la incertidumbre que deambulaba por el ambiente, hizo cierta catarsis y se encaminó al título.

Un título que se explica por una acumulación de factores que, alineados, resultan en ese equilibrio tan complejo que sostiene a este River de un año a esta parte.