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OPINIONES Miércoles 12 Agosto 2015
GALLARDO ES MI PAPÁ

POR: Ariel Cristófalo
Mi abuela paterna tenía cáncer. Los médicos le habían dibujado una cúpula de dos años de vida. Increíblemente vivió dos o tres temporadas bonus más allá del par que le habían fijado y un día murió a causa de la enfermedad. Yo tenía once años, se me vino el mundo abajo. Nunca supe, hasta que murió, que tenía cáncer. Regina era mi persona favorita del mundo, una turca hermosa, adorable, la abu que te malcría un poco, o que te biencría, mejor, porque para un niño no hay muchas cosas superadoras que un chocolatín de contrabando o una camisetita de River. La mayoría de los recuerdos que tengo de Regina tienen su sonrisa; ella ya estaba enferma. Me sonrió siempre, hasta el último día. Nunca supe ni me di cuenta del todo lo que le pasaba, hasta un tiempo después de su muerte: mi viejo me había armado un Truman Show para que yo no sufriera, y estaba muy bien. Uno cuando es chiquito siente que al lado de tu papá nunca te va a pasar nada, que te lleve al lugar que te lleve nunca corrés peligro porque el tipo es un superhéroe, un poco pelado y sin abdominales pero es un superhéroe. Podés ir a upa de tu viejo caminando por la Franja de Gaza con una remera que diga "chupame la pija, Palestina" in the front y "judíos putos" on the back y para vos está todo bien, no hay nada malo que pueda ocurrir, porque estás montado a caballito de tu pa. ¿Se quedó el auto en medio de la ruta? Qué bajón, igual papá lo va a resolver y en una hora ya estoy en Mardel haciendo un castillito de arena que luego destruiré y usaré para hacerme milanga antes de meterme al agua, así que mejor sigo practicando para cuando ejecutar globos con Bazooka tutti frutti se transforme en una disciplina olímpica o para cuando pegue un contratito de ochenta lucas dólar en River de tanto romperla en el Soccer del Game Boy. Mi viejo se va a ocupar del auto, como Benigni se ocupó en la Vida es Bella de que su hijito no se enterara de que estaba en un campo de concentración nazi y no en un juego. Años más tarde entendí que no era tan así. Años más tarde vi las debilidades de mi viejo. Lloramos juntos cuando nos enteramos los dos solos en un hospital que había fallecido mi abuelo. Fui con él a ver River-Belgrano y ese día nunca llegué a hacer un castillito de arena en Mar del Plata: me quedé en el medio de la ruta o de una platea del Monumental llorando con él.

El otro día, acaso algo aturdido por los fuegos artificiales y la lluvia y la cerveza, un amigo me dijo que a Gallardo lo quiere como a su viejo. Me pareció un poco una boludez. Pero después me hizo entender que todos lo queremos así. Que Gallardo es nuestro viejo y que nosotros somos chiquitos. El tipo te lleva a pensar que con él nada malo puede pasar. Que River puede ir a jugar contra el Santos de Pelé al Amazonas, con veinte jugadores lesionados y con dengue y con la Raulito de referí, pero que si el petiso ése está en el banco de alguna manera se las va a ingeniar para ganarles, algún plan secreto tiene. Que uno ya ni se gasta en hacer cálculos matemáticos que determinen cómo debería formar el equipo, uno de mis pasatiempos favoritos de siempre, porque el equipo debería formar como se le ocurra a Gallardo. Porque Gallardo es nuestro papá. No estábamos acostumbrados. Y un poco me duele. Más para los de River, que somos los que más sabemos de fútbol, según me enseñó mi abuelo. Un poco me duele. Un poco me duele haber quedado como un boludo tantas veces. "¿Por qué lo pone a Ponzio, si hace dos años que no mete un pase bien?". "¿Cómo se la va a jugar por Alario, un pibe que tiene medio gol en Primera, que viene de jugar en la B con Colón, que ni sabe lo que es River? ¿Va a debutar en una semifinal de Libertadores? ¿En serio?". "Buen refuerzo Pisculichi, sobre todo si estuviéramos en 2004 y no en 2014". "¿Quién pindonga es este Viudez?". "¿Cómo va a poner a Pezzella de nueve? Dejate de jo... Goooooool, la concha de su madre, seguí soñando bosterooooo gooooooldhsdjhsdjsdjs". Un poco me duele darme cuenta por primera vez en mi vida que un técnico sabe más que yo. Porque todos saben más que yo, seguramente, pero nos encanta creer que no es así. A todos los argentinos, en general. Todos somos técnicos, dice el proverbio chino: "Hizo mal los cambios", "no puede dejar afuera a Menganito, si es el único que juega a algo", "¿cómo le va a inventar esa posición a Fulano? Es un burro". Gallardo es el primer técnico de la historia que sabe más que el hincha de fútbol. Más que el periodista. Más que yo, digamos. Ya está, ganó él. Si juega Barovero de puntero derecho y pone a Pichi Quiroga, el utilero, de cinco, está bien. Por algo será. Suena raro, sí, pero por algo será, alguna genialidad habrá pensado. Gallardo es nuestro papá y nosotros somos chiquitos. Y vamos a jugar contra Boca y los dejamos afuera de las maneras más vergonzantes posibles, y los cagamos a patadas, y ganamos tres a cero en Brasil, qué carajo es eso, si a mí me enseñaron que a Brasil se va a perder y a revolear piñas cinco minutos antes de que termine el partido, y ganamos la Sudamericana y la Recopa y la Libertadores y la copa no sé qué en Japón y por las dudas le ganamos al Sevilla la Indoamericana o algo así. Y Gallardo te lleva a pensar que ganarle al Barcelona no es una quimera, que Mayada de cuatro puede anular a Neymar y que el Pity Martínez lo puede sacar a bailar a Piqué. Y el tipo había ganado la Copa del noventa y seis, y la Supercopa del noventa y siete, y la del ochenta y seis no la ganó sólo porque la Conmebol le prohibió jugar con diez años de edad. Gallardo es nuestro papá y nosotros somos chiquitos y ojalá no crezcamos más, como me dijo Ciro Pertusi una vez.

Es como mi viejo. Ese mismo que ahora, más pelado y gordo que en sus viejos tiempos de superhéroe, está llorando al lado mío en un sector del Monumental, que me dice "qué emoción, Ari". Ése con el que me fundo en un abrazo que me va a quedar grabado para toda la vida.